Nuestro viaje para llegar a las Islas Vanuatu  comenzó en el Aeropuerto Internacional de Tontorua, en Nouméa, en Nueva Caledonia, a primeras horas de la mañana. Desde allí cogimos un pequeño avión que nos llevó hasta Port Vila, capital de Éfaté, la terecera isla más grande del archipiélago. Y desde Port Villa cogimos un pequeñísimo avión que nos llevaría a Tanna. En el aeropuerto, durante la facturación, dejamos la mochila para pesarla, pero la azafata nos hacía señas para subir a la balanza, y no entendíamos a qué se refería. Tuvimos que subir a la balanza con la mochila a la espalda, ya que tenía que calcular el peso total por pasajero. ¡Fue un momento gracioso!

Nuestro avión era muy pequeño, con capacidad para 20 personas, más los dos pilotos, cuya cabina no tenía puerta, por lo que se veía todo. Se vio la ciudad de Port Vila y algunos islotes. Eso sí, la presión del aire se notaba un montón, costaba respirar y parecía que te escachabas. ¡Qué sensación!

Al bajar, entramos en una salita y por las ventanas nos dejaron las mochilas. Poco a poco los pasajeros se fueron marchando y nos quedamos solos, fuera de la “terminal”. Por momentos dudamos que alguien viniese a buscarnos. Habíamos contactado por Internet a un tal Jean Pascal que gestionaba unas cabañas en Port Resolution. Unos 40 minutos más tarde llegó Thomas, un señor que se presentó como un amigo de Jean Pascal.

Pasamos por Lenakel el pueblo más importante de la isla, fue curioso ver al pasar momentos del día a día: mercadillos de frutas o reuniones de vecinos sentados en corro escuchando a los mayores y desde allí cruzamos por el centro hacia el volcán Monte Yasur. Al alejarnos de Lenakel, el asfalto de la carretera iba desapareciendo y se conviertían en caminos de tierra.

La sorpresa fue atravesar justo al lado del cráter del Monte Yasur. Era un paisaje lunar, todo seco con la tierra negra, y en el pico una nube de humo. Thomas nos había avisado que lo veríamos, pero no nos imaginábamos que íbamos a pasar tan cerca. La lava incandescente del Monte Yasur también atrajo al capitán Thomas Cook, que, en 1774 desembarcó en una bahía protegida que más tarde llamaría Port Resolution.

Cuando llegamos a la aldea Rose, una chica muy tímida, nos dio la bienvenida y nos dijo que Jean Pascal no estaba y que tal vez llegaba por la noche. Nos acompañó hasta nuestra cabaña a través de un camino por el bosque. Habían dos cabañas, una donde dormiríamos y la otra que servía de comedor. Estábamos justo enfrente del mar y se oía el romper de las olas. Estábamos solos en medio de la naturaleza, ¡impresionante!

Dejamos las cosas y volvimos hacia el poblado. Lo atravesamos y por un camino nos dirigimos hacia la playa donde estaba el Yacht Club Port Resolution, con varias cabañitas y un salón para comer. También organizaban las excursiones al Monte Yasur todas las tardes.

Estábamos buscando a Dario, nuestro amigo con el que habíamos navegado por las Whitsunday Islands en Australia y que ahora se encontraba en Tanna. Vimos la barca pero no estaba a bordo, asi que resgresamos al poblado y conocimos a Mariam, una profesora, que nos contó muchas anécdotas de la gente del lugar, como que tienen una sola tele en el centro del pueblo, y que la encienden solo cuando hay algún acontecimiento especial, como por ejemplo los mundiales de fútbol. O que tienen un solo coche para todo el poblado para poder hacer los recados (el mismo que coche que nos vino a buscar al aeropuerto).

Mientras tanto los niños jugaban al fútbol con los pies descalzos. Sólo algunos tenían un sólo zapato en el pie que les servía para tirar. Los hobres descansaban sobre la hierba, separados de las mujeres, que permanecían  sentadas en corro.

Al atardecer, los hombres desaparecieron, ya que es tradición reunirse bajo un gran árbol para hablar de los asuntos del pueblo y beber “Kava”, una planta con efectos relajantes.

Mariam y Rose nos dijeron que ellas nunca lo habían probado porque las mujeres no podían participar a esta reunión.

A la mañana siguiente nuestra amiga Mariam llegó a la cabaña sobre las 7:00 para prepararnos el desayuno. Vino con otra chica y dos niñitos que nos miraban y se escondían. Después de casi una hora salió de un cuartito y nos ofreció un termo con agua caliente y café en polvo, unas tostadas cortadas en triangulitos y unos cuencos con mantequilla, mermelada y azúcar. Fue muy sencillo y nos hacía gracia que hubiera tardado tanto. Seguramente para ellos no es una cosa habitual preparar desayunos así.

Volvimos al Yacht Club y encontramos a Dario.

Él había subido al volcán con un chico chileno y una chica alemana que intentan abrirse camino en las comunidades locales, proponiendo la excursión a mitad de precio, pero sin pagar los impuestos que impone el Estado, ya que el volcán está en un parque natural protegido. Por eso sale mucho más barato que los 9750VT +1000Vt de transfer que pide el Yacht Club. Pero no es fácil, porque se pasan distintos poblados y los jefes de la tribus tienen que dar el permiso.

Y es que Tanna, a pesar de ser una de las islas más pobladas, conserva una forma de vida muy tradicional y sus aldeas siguen unas reglas precisas. Fue muy curioso leer en nuestra cabaña una copia de la constitución de las islas, donde por ejemplo explica el valor en “cerditos” de ciertos reatos. Si te fijas, el colmillo del cerdo, de forma redondeada, está presente en muchas ocasiones, incluso en la bandera de las islas Vanuatu.

Con los chicos del poblado pudimos visitar algunas aldeas cercanas y zonas donde habían Hot Spring.

La isla es muy verde y frondosa, y la visa es salvaje. Nos es difícil ver incluso a niños con machetes que se abren camino en la selva.

La gente de Tanna parece seria y distante al principio, pero es solo timidez. Enseguida sonríen y se muestran disponibles. 

Una tarde subimos al volcán Monte Yasur, uno de los volcanes activos más accesibles del mundo. Fue una experiencia inolvidable. Con el bajar del sol el color rojo de la lava destacaba aún más creando una atmósfera mágica.

Mientras tanto aun no habíamos conocido a Jean Pascal, que por negocios estaba en otra isla. Tampoco encontrábamos a nadie que supiera dirnos algo de la salida del ferry local desde Lenakel, en Tanna hasta Port Villa, en Éfaté. Así que seguíamos en nuestro pequeño poblado y teníamos que encontrar una solución. Una noche en el Yacht Club, único punto de encuentro de esta zona de la isla, conocimos a dos neozelandeses muy simpáticos, que estaban conformes con enrolarnos como marineros a bordo.

Nuestra experiencia de “barco-stop” fue una ocasión estupenda para hacer un curso intensivo de neozelandés. Dejamos Tanna como Thomas Cook y pusimos rumbo a Éfaté, pasando por Erromango. Desde el barco tuvimos la posibilidad de ver otra perspectiva del volcán Monte Yasur, y su nube de cenizas.

 

Mucha gente se acerca a Tanna solo para verlo, pero nosotros creemos que el valor de esta isla es su gente y las historias que custodian.

PD: ¡Todavía no tenemos noticias de Jean Pascal!